OPINIÓN

Por Ernesto Biceglia

Sin izquierdas y sin derechas; sin machos y sin hembras

Tiempos finales: Sin izquierdas y sin derechas; sin machos y sin hembras

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Sin izquierdas y sin derechas; sin machos y sin hembras

Es un tiempo revolucionario donde las categorías heredadas de la Modernidad: Dios, Patria y Familia están siendo eliminados por sus contrarios. La Posmodernidad había licuado en parte estos conceptos sobre todo con la globalización, pero ahora se levantan nuevos paradigmas que están echando por tierra la concepción de la sociedad y del hombre.

Las teorías que se van imponiendo superan el límite revolucionario de lo que fue el Renacimiento cuando la visión del hombre dejó a Dios de lado para posarla sobre el hombre. Aquel antropocentrismo se caracterizó por ser anticlerical pero no irreligioso, a diferencia del actual que va más allá porque no exalta al hombre sino simplemente al cuerpo reduciendo de esa manera al individuo al nivel de una cosa perecedera.

Por otra parte, la hegemonía económica, único “Dios” a quien rinde tributo una elite mundial ha destruido la democracia en los países emergentes instalando en su lugar una casta política que se enriquece ilimitadamente a cambio de la entrega de sus pueblos al nuevo Orden Mundial.

Tenemos así planteadas dos situaciones: una licuación del orden especulativo y político que lleva a que la diferencia entre izquierdas y derechas haya sido superada, y por otro lado, una disolución de la diferencia entre género masculino y femenino que desemboca en una multiplicación de supuestos géneros donde el ser humano queda desvirtuado en su identidad de tal.

La discusión entre izquierdas y derechas es inútil porque ha sido reemplazada por una grieta que divide a los que tienen de los que no tienen. Este “tener” no es sólo económico. Quien tiene poder económico, lo tiene también político, social, cultural porque tiene acceso a todo lo que se consume, incluso bienes sociales como son la educación, la salud y la seguridad.

Este fenómeno se observa en la proliferación de barrios privados de un carácter cada vez más exclusivo donde ya tienen sus propias escuelas, su propio centro de salud y por supuesto, una seguridad hermética. Todo lo contrario de una inmensa mayoría que crece cada vez más que está desposeía de todo, hasta de derechos políticos porque ya ni siquiera sabe qué es lo que vota.

Por otro lado, el proceso de deshumanización comenzado desde la posguerra está alcanzando sus límites más extremos con la negación voluntarista de los géneros masculino y femenino. El hombre como especie no es más macho o hembra sino aquello que se percibe.

Así, una realidad biológica y científica es reemplazada por un capricho, por una emoción o un gusto, que a la vez se han constituido en derechos humanos. Hoy degradarse es el mayor de los derechos humanos, lo cual estaría bien si no fuera porque se lucha por imponerlo como el nuevo paradigma del hombre, una paradoja ya que cualquiera de las desviaciones que se inventen no hacen del individuo un hombre, precisamente.

De esta manera la sociedad asiste al triste espectáculo de su descenso intelectual, social y como especie, abriendo la puerta a peligrosas consecuencias como suele ocurrir cada vez que se atenta con el Orden Natural. Y esto no es una cuestión de religiones ni de países ni de razas, es un simplemente una cuestión de criterio elemental.-